miércoles, 30 de diciembre de 2009

bAD dREAM #1


Estamos parapetados detrás de un muro... junto a mí, mis padres y mi hermana.

De repente, un gran estruendo, como si acabaran de disparar un cañón justo a mi lado. Me aúpo y diviso, a lo lejos, una gran estampida. No sé porqué, pero me río cuando veo a lo lejos lo que parece ser un extraño bisonte. Es la primera vez que me planteo cómo coño he llegado aquí... qué hace mi familia aquí? qué es este extraño panorama? en qué época me hallo? El ambiente es realmente ensordecedor y se levanta un aire maléfico, que se violenta conforme se va acercando el tumulto.

Siento miedo ante lo desconocido... la ciudad, en ruinas, está totalmente irreconocible, y me cuestiono si alguna vez he estado aquí. En el fondo, me da igual, y lo que pienso en este instante es qué vamos a hacer. Una colosal jauría de animales salvajes de todas las eras conocidas se acercan rápidamente hacia nosotros. Sé con un amplio vistazo que no hay ninguna otra persona en un radio razonable de visión... lo poco que alcanzo a ver por toda la ventisca repentina.

Mi familia, inmóvil, me pregunta asustada que qué veo, qué pasa, entre gritos. Yo sólo acierto a contestarles: vamos! seguidme!

Al final del muro, a la izquierda, a unos 100 metros, se levanta un edificio en ruinas o a medio destruir... no puedo distinguirlo muy bien con la cantidad de polvo que hay en el ambiente. Corremos hacia lo que parece ser el quicio de una puerta mientras, tras nosotros, un animal barrita. Un mamut, digo con una sonrisa en la boca, sin ser consciente de que no estábamos en un zoo y que nos encontrábamos en peligro. Seguimos hasta el interior de la estructura.

Una vez dentro, vemos desde la oscuridad del interior cómo miles de animales de especies totalmente distintas pasan de largo, hacia el infinito, dejando una gigantesco enjambre de polvo tras de sí. Por un instante, mirándonos a los ojos, intentamos recuperar la tranquilidad.

No somos capaces de reaccionar, estamos inmóviles, como imbuídos por algún extraño maleficio, en estado casi catatónico por el shock. Hay tantas preguntas que ninguno podríamos resolver que dejamos la cosa estar. Creo que estar fuera no será seguro, así que prefiero, con la ayuda del móvil, explorar un poco el interior, buscar agua, comida o alguien que me pueda resolver un par de cuestiones.

Avanzo por un estrecho, húmedo y oscuro pasillito justo a la izquierda. Miro atrás y veo la claridad del exterior, y a duras penas, las sombras de mi padre, mi madre y mi hermana, preguntándome qué hago. Ahora vuelvo, no os preocupéis, les tranquilizo. Me dejan hacer.

Avanzo unos pasos y oigo en una distancia no muy remota algo extraño. Se me ponen los pelos de punta. Suena como un ronroneo felino con varios gruñidos extraños. Noto que empiezo a sudar... no hace calor... tampoco frío... no tengo miedo... El suelo es cementado y camino con sigilo, asegurando cada paso, y la mano que no sujeta el teléfono, que alumbra medio metro más allá de mis pisadas, va rozando una tibia pared de obra de hormigón, muy uniforme y suave.

Sigo adelante, aunque no sé qué me voy a encontrar... creo que sí, que al final se distingue una fina y tenue luz amarillenta. Me voy acercando y al final alcanzo una pequeña habitación a la izquierda donde encuentro una mesa vieja de madera, sobre la cual veo un fusil, municiones y una caja metálica ultramoderna... parece de aluminio y tiene un acabado impecable. La miro y veo que sólo tiene un botón sencillo y que parece bastante viejo con un led apagado y una etiqueta antigua, gastada, amarillenta, donde sólo se puede leer la leyenda "HUNT".

No puedo evitar pulsarlo, y oigo tras un muro cómo se activa un terrible mecanismo que desencadena un caos sonoro que ensordece y anula mis sentidos... presiento que mi familia puede estar en peligro, así que intento correr a ciegas el mismo pasillo en dirección a la puerta donde los dejé, cargando con el fusil al hombro y mientras meto la munición que encontré por todos los bolsillos que encuentro. La cazadora que llevo no es mía. Es negra, de cuero y de mi talla... tiene muchas cremalleras, es entallada y la verdad es que es muy ligera y me permite correr con soltura. Mis padres me miran asombrados y me preguntan que porqué se oye el mismo ruido otra vez. Junto a la entrada, veo un pequeño boquete en el muro, que parece que se está resquebrajando por momentos. Me acerco y miro a través de él, y observo que la marabunta viene otra vez, salvaje, agresiva, con ansias de sangre.

Entro de nuevo e ilumino la estancia donde mi familia está abrazada, temiendo lo peor. A la derecha noto que hay un pasadizo y los insto a seguirme, jaleándoles para que se den más prisa, si cabe. Entre interjecciones incomprensibles por la grave tensión que sentimos conseguimos llegar, no sin tropezarnos, a lo que parece ser una estación de metro. Por el estilo parece londinense. Aquí ya he estado yo antes, pero no puedo asociarla con ningún nombre ahora mismo... es algo secundario en este preciso instante. Corremos por el andén semi derruido, entre vegetación frondosa, hacia un pequeño claro bajo unas columnas y nos agazapamos para observar horrorizados lo que en el exterior acontece. Los animales vienen de un punto inapreciable, por el oeste y avanzan a una velocidad atemorizante entre rugidos, gruñidos, siseos y ruidos infernales... una pesadilla sonora que nos estremece se manera sobrenatural.

Nunca antes había usado un fusil, pero nunca es tarde para la primera vez... con naturalidad saco munición del bolsillo de mi pantalón y comienzo a cargar. Apunto a uno de los primeros ejemplares con cierto titubeo. Mi familia me observa, atónita. Creo que voy a acertar... aprieto el gatillo... cae al suelo. Es un "dientes de sable". Se retuerce ante la indiferencia de la heterogénea manada... suma y sigue.

No sé porqué, pero me está invadiendo una cierta sensación de paz y sosiego. Estoy protegiendo a mi familia de una incierta amenaza. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan orgulloso de mí, tan poderoso.

Sigo abatiendo amenazas pero veo que un grupo de unos 40-50 animales, que viene desde lejos, se dirige hacia donde nos encontramos. Tendré que administrar bien la munición... no queda mucha. Desconozco nuestras posibilidades de sobrevivir a esta pesadilla, comienzo a tener miedo otra vez. Sigo sudando, a pesar de todo.

El ensordecedor ruido se hace más cercano... el suelo tiembla cada vez más, parece un terremoto.

Del extremo por donde accedimos al andén surgen las criaturas y con firmeza me dispongo a disparar sin siquiera afinar el disparo... se acercan más y más... sigo disparando... se siguen acercando... oigo mi último disparo antes de que las bestias se abalancen sobre mí. En un sólo instante, antes de la oscuridad, me acuerdo de todo, como un tópico, pasa toda mi vida ante mis ojos... mis padres, mi hermana, un beso de ojos turquesa... quiero llorar, pero ya no soy.

No soy nada.

Nada.

martes, 22 de diciembre de 2009

El tiempo... vuela?

...y lo daría todo por volver atrás en el tiempo...

Quizá no cambiaría las cosas, pero sí que las viviría de diferente manera... las afrontaría de otro modo. Callar cuando debí hablar o al contrario, hablar cuando tenía que callar... de verdad hubiera cambiado algo? Es decir, lo que iba a venir después era lo que inevitablemente tenía que pasar o, por el contrario, efectivamente el futuro lo vamos cambiando conforme lo vivimos?

Cuánto vale un segundo de tu tiempo? Es, la unidad mínima de tiempo universal, suficientemente grande/pequeña como para ser cuantificada? En el fondo, es la suma de todos esos segundos que componen un instante lo que experimentamos... pero si lo separamos en micro-momentos, cuánto vale cada uno? Y si analizamos todo lo vivido, hasta el presente, qué valor le damos?

Éxito tras éxito y cagada tras cagada, se pasa la vida ante nuestros ojos. Momentos buenos y momentos malos... momentos de risas y de bajones... miradas de complicidad y silencios incómodos... Es necesaria tanta diatriba? Por qué cada persona tiene una capacidad de adaptación tan dispar? Por qué me siento tan suciamente humano? Por qué a veces no puedo evitar que se me agrie el alma, o levantarme con tanta angustia como para querer vomitar el corazón? Por qué otras veces me invade tanta felicidad que me quedo absorto, o simplemente una mirada es capaz de sumirme en un nirvana sin fin?

lo daría todo por volver atrás en el tiempo?

viernes, 11 de diciembre de 2009

Mirando la luna

Arrugando los papeles viejos,

Retratos cercanos y postales de lejos,

Horizontes invisibles donde todo se rompe,

El alba despunta y el sol se esconde,

Mirando la luna.

Olvidando recuerdos,

Recordando olvidos con esfuerzo

Me tuerzo y me enderezo otra vez

Me debato por un ser o no ser

Mirando la luna.

Ignoro órdenes conocidas,

Desconozco si cicatrizan mis heridas

Cada escalón, cada pisada,

Cada canción, otra nueva madrugada

Mirando la luna.

Reflejos indirectos me ciegan,

Pierdo el norte y brazos ajenos me entregan,

Me pierdo en el mundo donde vives

Me encontraré, si te decides,

Mirando la luna.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Nowhere

Continuaba, caminando, sin saber dónde llegar, ni siquiera si llegaría algún día. La música se hacía densa en sus oídos mientras se iban acabando las pilas del walkman. El sol azotaba con brutalidad su cara, mientras la carretera lanzaba destellos violentos a sus ojos entrecerrados.

El cementerio, a la izquierda de la carretera, parecía eterno, más lánguido que nunca, lleno de paz. Una paz que él no podía comprender, ni aunque quisiera. Y de hecho, ese día no quería entender nada.

Cada pisada era un abismo, el suelo se pegaba a su paso, su suela se derretía con cada lamento que por dentro de sí rondaba. No tenía sentido. Intentaba darle una y otra vuelta al asunto, pero cuanto más pensaba, más tardaba en olvidar.

Quería olvidarse de sí, de todo el mundo, de su alrededor. Lo mejor que podía hacer era dormir, esperando que su sueño lo trasladara a otra dimensión, pero era consciente de que, cuando despertara, seguiría en esta realidad. Una y otra vez. Una y otra vez.

Había otra solución, pero quizá demasiado drástica. No derramaría sangre, ni siquiera una lágrima... nada. Querría desprenderse de su lacra, de ese exceso de equipaje emocional que le dificultaba el camino, que le asfixiaba al caminar hacia lo incierto, buscando el fin de su pesadilla.

Se sentó en una pequeña sombra, tras el último muro del cementerio, y decidió no caminar nunca más.