Continuaba, caminando, sin saber dónde llegar, ni siquiera si llegaría algún día. La música se hacía densa en sus oídos mientras se iban acabando las pilas del walkman. El sol azotaba con brutalidad su cara, mientras la carretera lanzaba destellos violentos a sus ojos entrecerrados.
El cementerio, a la izquierda de la carretera, parecía eterno, más lánguido que nunca, lleno de paz. Una paz que él no podía comprender, ni aunque quisiera. Y de hecho, ese día no quería entender nada.
Cada pisada era un abismo, el suelo se pegaba a su paso, su suela se derretía con cada lamento que por dentro de sí rondaba. No tenía sentido. Intentaba darle una y otra vuelta al asunto, pero cuanto más pensaba, más tardaba en olvidar.
Quería olvidarse de sí, de todo el mundo, de su alrededor. Lo mejor que podía hacer era dormir, esperando que su sueño lo trasladara a otra dimensión, pero era consciente de que, cuando despertara, seguiría en esta realidad. Una y otra vez. Una y otra vez.
Había otra solución, pero quizá demasiado drástica. No derramaría sangre, ni siquiera una lágrima... nada. Querría desprenderse de su lacra, de ese exceso de equipaje emocional que le dificultaba el camino, que le asfixiaba al caminar hacia lo incierto, buscando el fin de su pesadilla.
Se sentó en una pequeña sombra, tras el último muro del cementerio, y decidió no caminar nunca más.
El cementerio, a la izquierda de la carretera, parecía eterno, más lánguido que nunca, lleno de paz. Una paz que él no podía comprender, ni aunque quisiera. Y de hecho, ese día no quería entender nada.
Cada pisada era un abismo, el suelo se pegaba a su paso, su suela se derretía con cada lamento que por dentro de sí rondaba. No tenía sentido. Intentaba darle una y otra vuelta al asunto, pero cuanto más pensaba, más tardaba en olvidar.
Quería olvidarse de sí, de todo el mundo, de su alrededor. Lo mejor que podía hacer era dormir, esperando que su sueño lo trasladara a otra dimensión, pero era consciente de que, cuando despertara, seguiría en esta realidad. Una y otra vez. Una y otra vez.
Había otra solución, pero quizá demasiado drástica. No derramaría sangre, ni siquiera una lágrima... nada. Querría desprenderse de su lacra, de ese exceso de equipaje emocional que le dificultaba el camino, que le asfixiaba al caminar hacia lo incierto, buscando el fin de su pesadilla.
Se sentó en una pequeña sombra, tras el último muro del cementerio, y decidió no caminar nunca más.

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