viernes, 8 de enero de 2010

Muerte a la Rutina

Se despertó, como cada mañana, con el sonido del despertador y el aroma del café recién hecho. Instintivamente, cogió su taza de café negro, sin azúcar, y casi reptando por el pasillo, alcanzó el cuarto de baño. La noche anterior, como cada noche, se dejó la ropa preparada para el día siguiente y, como el temporizador del calefactor estaba programado, se encontró el baño calentito, como a él le gustaba. Se sentó en la taza y, sorbo a sorbo, mientras escuchaba la radio, cumplía con su regularidad.

De hecho, todo en él desbordaba puntualidad, regularidad y rutina. Todos los días, a todas horas, en todas las situaciones, como si su vida dependiera de ello. Cualquier pequeño aspecto que no controlara le producía una náusea tal, una angustia existencial de tal calibre, que se empequeñecía tanto que se transformaba en un agujero negro humano.

Ese día sucedió algo extraño.

Cuando metió su pie izquierdo, como siempre, en la ducha, no reparó en que un desliz lo puede tener cualquiera. O un traspié. Y eso pasó. Quizá debió desayunar algo... quizá debió pisar con más decisión, como todos los días... quizá debió, por un día, entrar con el pie derecho... Pero esto no pasó.

Resbaló, y en la caída su cabeza se golpeó accidentalmente con el lavabo, que provocó un traumatismo interno que le condujo a la muerte.

Le molestó bastante morir, pero más que nada, porque no lo tenía planeado ni estructurado. Se salía de su puntualidad, regularidad y rutina.

Mala suerte.

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